Se esperaban más pirotecnia a partir del cumpleaños de "Nevermind". Demasiado poco se dijo y se escribió. Será que esta clase de cosas ya no le importan a nadie. En fin.

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A fines de los 70 Roger Waters y compañía cantaron "no necesitamos educación". A mediados de los 80, Morrissey y los suyos se burlaron del ritual del director en un alarde de fino e inigualable cinismo. El grito de los 90 fue más allá de aquellas críticas que Pink Floyd y los Smiths derramaron sobre el sistema. Perentoria, la orden fue "¡entreténgannos!" El tema se llamaba "Smells like teen spirit".

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Si en el universo Nirvana eran conscientes de que estaban pariendo un clásico durante las sesiones de grabación de "Nevermind" se cuidaron bien de contar los porotos por anticipado. Tratándose del segundo trabajo de estudio de la banda, con el agregado del debut del baterista (dato no menor tratándose de un trío en el que las melodías surgían de aportes colectivos), ¿quién podía imaginarse que viajaban en transbordador rumbo al número uno?

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Grunge: derivado del adjetivo "grungy" (en inglés, sucio, desaliñado). Aplicado al género musical desarrollado en la ciudad de Seattle a partir de la caótica y bienvenida mescolanza de hard rock, punk y heavy metal con las estructuras más ruidosas del pop. El grunge fue el mascarón de proa del indie rock, a caballo de Nirvana, Pearl Jam, Blind Melon y Soundgarden, los jinetes del Apocalipsis noventoso.

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Para dar una vuelta olímpica no basta con los buenos jugadores. Si el cuerpo técnico, los dirigentes y la hinchada tiran para otro lado el proyecto se cae a pedazos. "Nevermind" ganó el título porque los planetas se alinearon a pedir de Kurt Cobain. Nirvana había firmado contrato con DGC Records -en cuyas filas revistaba Sonic Youth- y la conducción recayó en Butch Vig, posiblemente el productor que mejor sintonizaba con lo que estaba pasando en la calle en ese momento. Demasiadas buenas noticias para un grupo en estado de gracia.

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Los 90 se dispararon en varias direcciones. El grunge fue apenas una de ellas. En Inglaterra la década resultó -en buena medida- una incesante lucha de egos entre los hermanos Gallagher y Damon Albarn, con el britpop como campo de batalla. Mientras tanto, el mundo se convirtió en una gigantesca y extática rave acompasada por las novedades que minuto a minuto vomitaba la electrónica. Todo con Internet a la vuelta de la esquina.

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No fue el primer "Nevermind" con ánimo rupturista. Hace tiempo y a lo lejos, una bandita llamada Sex Pistols bautizó su ópera prima (y obra póstuma) "Never mind the bollocks..." (algo así como "Sin importarnos los boludos..."). La historia, se sabe, es plena y absolutamente circular.

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Demasiado se fantasea sobre el esfuerzo introspectivo que significaba para Kurt Cobain el vómito de todas y cada una de sus letras. La realidad suele ser mucho menos glamorosa y revela que Cobain terminó varios temas al filo de la grabación y en el estudio, acomodando los versos a las bases que armaban Krist Novoselic y Dave Grohl y a los acordes que le salían de sus variadas Fender.

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Entonces todo recaía en la licuadora de Butch Vig. Doce temas y un hidden track tan chistoso como repetido -recurso obvio- a lo largo y a lo ancho del universo rockero de las últimas décadas. Vig subió y bajó volúmenes, pegó pedacitos de canciones aquí y allá, corrigió y distorsionó todo lo que había que distorsionar. Formó con Cobain una de esas duplas que se entienden con la mirada, como Messi e Higuaín en el Argentina-Chile del viernes pasado. Vig metió infinidad de pases-gol y Cobain los mandó a la red con la brillantez de un crack en su mejor momento. Después Butch Vig armó su propia banda, le puso Garbage y convocó a la más deliciosa y arrolladora vocalista de los 90. ¿Quién puede pasar por esta vida sin caer rendido ante Shirley Manson? Pero esa es otra historia. Hablábamos de...

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Cómo "Nevermind" se llevó puesta la década del 80 desde la irresistible contundencia del rock puro, áspero, corrosivo, y al mismo tiempo profundamente descorazonado que contagió desde la alfa a la omega de su columna vertebral. Fue -es- un disco fundacional desde su honestidad conceptual. Cobain y Vig encontraron el punto justo de cocción, esos tensos paréntesis de calma que preceden a las descargas viscerales de la Fender y de los aullidos de Kurt. Infinitamente copiado y jamas igualado.

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La estética del grunge enterró los excesos capilares y de guardarropa de los 80. Las camisas leñadoras de Cobain, las remeras de Chris Cornell, las mechas desgreñadas de Eddie Vedder, compusieron esa irresistible visión del descuido cool.

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La MTV tuvo mucho que ver con la difusión y el exitazo de "Nevermind". "Smells like teen spirit" se multiplicó hasta el infinito durante meses en la pantalla caliente y desparramó la música de Nirvana bien lejos de Seattle y de la costa oeste. El video dirigido por Samuel Bayer desacralizó el gimnasio del college por culpa del más reventado y anárquico grupo de porristas jamás reunido y de un pogo que culminó con la real destrucción del set. Sin dejar de notar que la progresión rítmica del negro del estropajo es de lo más copado que se filmó en años.

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"Vení como sos (...) Te prometo que no tengo una pistola", ironizó Cobain en "Come as you are". Dijo muchas cosas Cobain a lo largo de su "Nevermind". "Estoy tan contento porque hoy encontré a mis amigos... Están en mi cabeza" ("Lithium"). "Necesito ayuda para ayudarme a mí mismo" ("Polly"). "Que seas paranoico no significa que no te persigan" ("Territorial pissings"). "La moda es una mierda" ("Stay away"). Y así.

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Pero hay una letra, de esas especiales y reveladoras, que desnudan a Cobain y lo elevan sobre la media. La clase de legado que cambia determinados destinos. El tema es "Lounge act" y dice "me arrestaré a mí mismo, usaré un escudo, saldré de mi camino hasta probar que todavía huelo a ella en tí. No me digas lo que quiero escuchar. Temo no sentir nunca el miedo, experimentar nada de lo que necesites. Seguiré luchando con envidia hasta que se vaya".

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Hasta que finalmente Cobain se voló la cabeza. Y todo fue oscuridad.