1
Delicia se cansó un 22 de marzo a las 10 de la mañana. Así que abrió el cajón de la cocina -el primero, el de los cubiertos-, sacó un cuchillo refulgente, lo miró un rato y en un ramalazo fenomenal se lo hundió en el cuello. El filo rasgó la carne con sorprendente facilidad ("¿esto es?", pensó Delicia) y le cercenó la yugular con limpieza digna de un artesano. En el camino al piso de baldosas celestes ("anoche no barrí", se le ocurrió a Delicia mientras se desplomaba), el cuerpo se enredó con el cajón abierto y terminó cómicamente desparramado. Como una cortonsionista de vaqueros y musculosa, toda cruzada y con el cuchillo fundido entre los nudillos. La gata olió el cadáver y siguió caminando, aburrida.
2
Sería difícil precisar cuándo vieron al fantasma de Delicia por primera vez. Los chicos de la cuadra solían trepar la verja y descolgarse entre los matorrales mientras la casa permaneció cerrada. Los rumores corrieron tan rápido como puede correr un rumor en un barrio cansado. Pronto muchos habían jurado que una silueta se adivinaba tras los vidrios apestosos de la cocina. Que la estampa de una mano ensangrentada dejaba huellas. Que Delicia miraba y vigilaba. Esperando.
Pero el primero que se encontró cara a cara con Delicia fue Luis Centeno, vendedor de propiedades de profesión, futbolista frustrado de alma. Lo que antes era una leyenda urbana mutó en cuento de aparecidos por obra y gracia de las prodigiosas piernas de Luis Centeno, una saeta capaz de desandar los 100 metros que separan la casa de Delicia del almacén del Gallego en un parpadeo.
Luis Centeno entró al almacén enloquecido, las mejillas incendiadas. Había perdido un zapato y la valentía por culpa del espectro de una chica de 17 años que acariciaba una gata en el rincón del living. Centeno tuvo tiempo de ver tres cosas: la putrefacción corroyendo a Delicia, las caricias que esa masa informe que alguna vez había sido la chica más linda de la cuadra le dedicaba a la gata con el filo del cuchillo, y los ojos de la gata. Luis Centeno jura que nada lo asustó tanto como esa mirada. Más que cualquier fantasma.
3
La historia de Centeno se multiplicó y creció desmesuradamente. Cada vecino la condimentó con algún ingrediente truculento. Delicia había hablado con el vendedor. Lo había amenazado. Intentó estrangularlo. En fin, se contaron tantas cosas que a los pocos días Delicia era un monstruo con todas las letras. ¡Alguien había agregado cadenas y grilletes! Y no faltó el lector de Lovecraft que pobló la casa de criaturas del Necronomicón. Delicia, que a fin de cuentas se había limitado a arrullar a su gatita -un tanto desmejorada, es cierto, pero entendible si se considera el tiempo que llevaba muerta- estaba a la semana de la visita de Luis Centeno en condiciones de aplastar a un ejército de Van Helsings.
De eso se hablaba todo el tiempo en el almacén del Gallego (almacén, verdulería y salón de truco), en aquellas siestas tórridas de enero. Los chicos ya no cruzaban la verja, preferían pasarse el tiempo escudriñando el interior de la casa desde una distancia prudente. Juraban escuchar ruidos, algún grito, pero eran experiencia de imposible comprobación. Las señoras cruzaban la vereda cuando iban a hacer las compras, y los varones -obligados a adoptar una postura más desafiante- no se animaban a bajar a la calle, pero es cierto que apuraban el paso.
4
De Luis Centeno nunca más supimos. Por las dudas, la inmobiliaria mandó a la semana una task force, capaz de hacerle frente a Delicia si se le ocurría entorpecer el trabajo de adecentar la casa. Porque no mencioné que Luis Centeno había alcanzando a colocar el cartel de SE VENDE antes de su tete a tete con ella. Ahí había quedado el anuncio de latón, empotrado cerca de la entrada.
El Flaco sostenía en una de aquellas tenidas en lo del Gallego que la casa era de un tío de Delicia. Muy ocupado, este tío que vivía en Córdoba había firmado un poder para que la inmobiliaria cerrara cuanto antes la operación.
La task force entró a la casa con más obligación que convicción, pero no sufrieron tropiezos. Al menos no de los sobrenaturales, que se sepa. Delicia brilló por su ausencia, durante esa y otras visitas de los empleados. Evidentemente, aguardaba la oportunidad de entrar en acción.
5
La empleada de la inmobiliaria condujo una tarde a una parejita a la casa. Desaparecieron los tres. Para siempre. Fue imposible encontrar rastros, un mínimo indicio de lo que pudo haberles pasado. La Policía rastrilló la casa una y mil veces. La dieron vuelta. Nada. No había salidas secretas, ni pasadizos, ni siquiera un sótano. Se esfumaron, como si un agujero negro se hubiera constituido para arrastrarlos. De allí nació la teoría de que la casa era, en realidad, el portal hacia otra dimensión, y que con su sangre Delicia había pagado el precio de vigilarla. Estaba claro que los contertulios del Gallego veían muchas películas.
6
El asesinato de Sara Gretchen fue otra cosa, porque el ensañamiento con el que un cuchillo (¿ese cuchillo?) la horadó de la cabeza a los pies demostraba -sin dudas- que sólo podía ser cosa de un ser horrible. De alguna materialización diabólica, de un engendro de otro mundo ávido de muerte. Sara Gretchen tocó el timbre por error. Buscaba el 857 de la calle y, seguramente por culpa de una distracción, pulsó en el 875.
La puerta cedió con facilidad apenas aproximó su mano. ¿Por qué entró Sara Gretchen? ¿Será que el aroma a pastel de manzanas le despertó vivencias dormidas? ¿Que por un instante se sintió en casa? El problema es que no había pastel de manzanas ni estaba en casa, y que apenas entró en la cocina Delicia la agarró del pelo y le estrelló la cara contra la pared. Las cosas que hizo Delicia con Sara Gretchen en el piso de la cocina fueron tan espantosas que ni siquiera en el almacén del Gallego fue tema de conversación.
7
Los móviles de TV husmearon por el barrio durante una semana. Había que verlo al Gallego, que apenas cruzaba palabras con Delicia, porque la rubia lo desarmaba con sus sonrisas y sus escotes, hablando de ella frente a los micrófonos como si la conociera de toda la vida.
El dueño de la inmobiliaria disfrutó sus 15 minutos de fama cuando le abrió la puerta de la casa al equipo de un canal. Filmaron cada centímetro -y el piso de la cocina, claro, inundado por manchas rojizas rebeldes a los cepillos-. Una noche fueron con cámaras, los más sofisticados sensores y hasta una médium, resueltos a hacer contacto con Delicia. Se pasaron horas y horas, pero de Delicia no hubo ni noticia. Así que pronto perdieron el interés.
Es que Delicia era así: gozaba con esas apariciones rutilantes y después se la tragaba la normalidad. La banda de rock del barrio compuso un tema: "La dama del cuchillo". Todavía lo pasan en la radio.
8
Delicia mató otras dos veces. Primero a un gasista despistado que recorría la cuadra chequeando conexiones. Era petiso y pelado, y cuando escuchó el tango no resistió la tentación de asomar la cabeza por la puerta entreabierta. Porque aadoraba el tango. Suficiente para que Delicia le hundiera la hoja en un ojo, tan profundo hasta que el cerebro quedó partido al medio.
A su última víctima, el empleado que mandó la inmobiliaria para que retirara el cartel de SE VENDE lo enloqueció con su cuerpo increíble. Fontana -así se llamaba, y tenía apenas 19 años- vio a Delicia desnuda, bailando con los ojos cerrados. Delicia tenía un pelo de oro, lacio, hasta la cintura, el iris de miel y la boca más increíble que se pueda desear. Piernas larguísimas.
Cuando Fontana vio esa diosa por el ventanal del living entró a la casa hipnotizado, como los roedores que terminaron ahogados en el río de Hammelin. Fontana agarró la mano que Delicia le había tendido, y cuando la abrazó ya era una masa putrefacta con un brazo de hierro. A Fontana Delicia lo destripó. Literalmente.
9
Solía encontrarme con Delicia en sueños. Una mañana escuché su voz, nítida, bella, penetrante, mientras preparaba el desayuno. Y así comenzó a acompañarme.
¿Por qué a mí? ¿Será porque una vez nos sonreimos a la distancia? ¿O porque le enjugué una lágrima la noche en que murió su madre? ¿Será porque le saqué esa foto en el parque? ¿Porque adopté a su gata? ¿O porque reconstruí su vida como un rompecabezas?
10
Delicia es inabarcable.
Delicia canta.
Delicia susurra.
Delicia narra.
Delicia está dentro de mí.
Delicia me habla de sus despertares y de sus crepúsculos.
Delicia me eligió.
La gata se enreda entre mis piernas mientras camino hacia la cocina.
Delicia me sonríe.
Delicia me espera.
Delicia me atormenta.
Delicia insiste. Nadie es tan insistente como ella.
Delicia amenaza.
Delicia es de fuego.
Delicia empieza y jamás termina.
Delicia es la ira.
Delicia se adueño de mis silencios.
Delicia no está sola. Lo sé, pero ya es demasiado tarde.
Busco el cuchillo.
Es 20 de octubre y son las 10 de la mañana.
Me cansé.
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