El ojo de la ballena

Dijo Holden Caulfield | 13:48 | 5 comentarios »

1
Cada mediodía, cuando el puerto bullía de barcos que atracaban, mercancías apiladas y marineros ruidosos, el pequeño se acomodaba en un rincón, con la gran Biblia negra de su madre en el regazo. Ella lo había iniciado en el Cantar de los Cantares, pero rápidamente pasó al Levítico, y por esos tiempos lo habían capturado las advertencias de los profetas. Saltaba con fruición de Isaías a Jeremías, de Jeremías a Ezequiel, y de Ezequiel a Isaías. De tanto en tanto interrumpía la lectura y se dejaba arrastrar por extensas ensoñaciones, durante las que perdía la mirada en el mar.
Era un personaje más de ese micromundo de olores penetrantes, hombres curtidos por la sal y por la soledad, de gigantes de madera y de hierro que lo invitaban a cabalgar. Lo saludaban con una tosca caricia en la cabeza, con un guiño. Los pocos que sabían leer dejaban la bolsa a un costado, hincaban la rodilla y se llevaban un párrafo del Exodo o una aventura de Salomón. Habían aprendido a querer a ese niño de escasas palabras que nunca había conocido a su padre. Se lo había devorado una tormenta en el estrecho de Magallanes.
La ropa le quedaba holgada. Las mangas de la chaqueta le cubrían los dedos y el gorro le invadía la nariz. Era flaco, muy flaco, y calzaba enormes zapatos negros. No tenía hermanos, ni abuelos, apenas un par de tíos dispersos por los océanos y un perro que mucho tiempo atrás había dejado de serle fiel. Su amor era su madre, y su dolor la tristeza que ella transmitía.
Lo apasionaban las historias de los arponeros, esas montañas de músculos capaces de domar a una bestia con un centelleante movimiento de su brazo. Los imaginaba como imponentes Goliaths, feroces guerreros capaces de matar a un monstruo marino y de encabezar en cubierta ceremonias demenciales y paganas. Seguía con atención las hazañas de Ko, el hambriento tigre malayo que era leyenda entre los balleneros. El más valiente de todos.

2
Una mañana, aprovechando el nervioso traqueteo que precede a la suelta de amarras, mientras los marineros colmaban las bodegas para satisfacer una aventura de incontables meses, se escabulló y recorrió el puente sin llamar la atención. Acarició las sogas -más gruesas que sus tobillos-, comprobó la aspereza de la vela y disfrutó al recostarse, por un instante, al macizo cobijo del palo mayor. Amaba ese barco, todos los barcos; amaba el mar. Sabía, con apenas 10 años, que esa sería su vida y su tumba. Lo deseaba fervientemente.
Trepó ágilmente por una escalerilla, rumbo a la popa, y le faltó el aire cuando se encontró a centímetros del timón. Todo estaba acomodado en la sólida mesita: la brújula, el compás, las cartas, algunos instrumentos que no conocía y un deslumbrante relicario de oro.
- No toques eso.
La voz era grave, pero amigable.
- Es del capitán. Antes de zarpar realiza una ceremonia aquí y estudia durante largo rato esa imagen.
Descubrir quién era su interlocutor volvió a sacudirlo.
- Soy Ko, mucho gusto.
Levantó la cabeza y se le antojó que era el hombre más grande que había visto. Llevaba sólo unos gastados pantalones blancos. Era totalmente lampiño, apenas unas delicadas líneas se distinguían en el lugar de las cejas. Su piel cobriza hablaba de incontables hazañas, narradas por una colección de pictogramas con forma de cicatrices.
- ¿Qué tienes ahí?
Apretó la Biblia contra el pecho y miró al gigante sin temor.
- Ah, el libro... Ese libro... ¿Y qué opinas de lo que dice?
- Son historias muy hermosas. Y terribles.
- ¿Crees que son ciertas?
- Dios lo escribió.
- ¿Dios?
- Sí, me lo explicó mi madre.
- ¿Y dónde está Dios? ¿En este barco? ¿En el mar? ¿Sabe matar ballenas?
- Dios es nuestro Padre.
Ko se arrodilló, aparentemente muy interesado por la charla. Aún así era más alto que el chico.
- ¿Es un Dios bueno?
- Sí.
- ¿Es capaz de perdonar?
Los interrumpió un tumulto. Los gritos llegaban de estribor. Una gran caja con harina y azúcar había ido a parar al agua, y dos grumetes se habían enredado en una pelea. El aluvión de carcajadas que los animaba cesó bruscamente y el bullicio que instantes antes le daba vida a la nave mutó en absoluto silencio. El chico, desde su privilegiada posición, notó que la figura del capitán había restablecido el orden. No necesitó hablar, ni siquiera amonestó a los revoltosos. Le bastó con poner un pie en cubierta para transmitir la más formidable autoridad. Esa imagen acompañó al niño para siempre.


3
Cuando un barco toca puerto después de una extenuante travesía se pone en marcha un particular ritual. Desde las entrañas de la nave, los hombres se preparan para vivir la extraña transición que va de un viaje a otro. En tierra firme los esperan mujeres, hijos, hermanos, padres. Algunos disfrutan la dicha del reencuentro. Los más aguardan un derrame del dinero contante y sonante que cada marinero se lleva de la oficina de pagos.
Nadie recibió a Ko esa agobiante tarde de julio. Sólo el muchacho -más alto, más flaco, más curioso que nunca-. Una charla había quedado inconclusa casi un año atrás y él tenía la ilusión de continuarla. En realidad, lo que pretendía era escuchar al malayo. Lo que nunca había imaginado era recibir un regalo.
Ko lo había distinguido desde cubierta, y cuando aterrizó con un brinco prodigioso, extrajo del morral un envoltorio y se lo entregó al chico.
- Este es el dios en el que yo creo-, le dijo, y se perdió entre la multitud de abrazos, besos apasionados y lágrimas reprimidas de quienes se habían quedado solos.
Corrió a su casa con la Biblia en una mano y el paquetito en la otra. Su madre, ocupada en la taberna, le había dejado comida en una ollita. Se sentó en la cama y fue despegando los pliegues de tela hasta darse con la sorpresa. Era el ojo de un cachalote; un perfecto globo blanco surcado por frágiles y zigzagueantes venitas rojas. Del tamaño de un puño. El iris, negro en su homogénea perfección, lo taladraba hasta el corazón.
Perturbado, emocionado, se tumbó en el colchón y abrió el libro al azar. Y leyó: “morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará: el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de teta se entretendrá sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como cubren la mar las aguas”.
Se durmió con la vista fija en ese ojo laboriosa y sabiamente disecado.


4
Su madre nunca aparecía por el puerto. Demasiado ocupada estaba en ganar el pan. Así que encontrarla allí esa mañana fue todo un gozo para el chico. Se sentaron juntos, los pies jugueteando con el agua, y él recostó la cabeza en su hombro.
- Háblame de Dios. ¿Es El capaz de perdonar?
- Por supuesto. El nos ama. ¿Por qué preguntas eso?
- ¿Por qué se llevó a papá?
- Sus designios escapan a nuestra comprensión. Tenemos que aceptarlos porque El así lo ha decidido. Somos sus hijos y le debemos obediencia.
- Es lo que dice la Biblia.
Ella lo abrazó y lo besó en la frente.
- Algún día lo comprenderás, Ahab.
El niño no quedó muy convencido.

El tesoro

Dijo Holden Caulfield | 16:39 | 5 comentarios »


1
- Alguien tiene que hacer algo. Esto no puede seguir así.
Macbeth elevó la voz, pero no generó demasiadas simpatías; más bien provocó una oleada de recelos y varias miradas cruzadas.
- ¿Y qué proponés?-, le espetó Ahab, que se había acomodado junto al fuego y hacía bailar una moneda de oro entre los dedos.
- Formemos un grupo y vamos a hablar con el hombre en el altillo-, le respondió con frialdad.
- Es demasiado peligroso-, apuntó el joven Werther.
- Con esa actitud no vas a ir a ningún lado, querido-, le susurró Madame Bovary.
- ¡Hay que pasar a la acción!-, rugió Don Quijote.
- Por favor que se calle-, le rogó Dulcinea a Sancho Panza, que estaba enfrascado en una partida de cartas con el coronel Aureliano Buendía.
Las voces se multiplicaron por el pabellón, y de pronto un reguero de discusiones encendió el atardecer. El silencio, hijo del miedo que dominaba a todos, le dio paso a la esperanza. Querían saber.
- No podemos perder más tiempo. Anoche hubo otra desaparición-, anunció Macbeth.
Julieta se acurrucó bajo el brazo de Romeo.
- Son dos niños, qué divinos-, se enterneció Penélope, deteniendo por un instante su tejido. A Holden Caulfield lo perforó un ataque de celos aunque -raro en él- se quedó callado.
- ¿Quién fue?, preguntaron desde el fondo.
- Un tipo bastante simpático que dormía en un ataúd, no me acuerdo el nombre-, explicó Macbeth.
- Es un conde, como yo-, se ufanó Montecristo.
Father Brown arqueó una ceja. “¿Y cuál es la fuente de información?”, inquirió.
- Me lo contó Gulliver.
Hubo murmullos y una que otra risita nerviosa.
- Fue en el pabellón cuatro -enfatizó Macbeth-; se supone que el próximo sale de acá.
- ¡Este es el seis! ¿Qué pasa con el cinco?-, se quejó Dorian Gray.
- Ahí vive un tipo solo -le comentó al oído Anna Karenina-. Se llama Robinson Crusoe y está del moño.
- ¡Hay que pasar a la acción!-, volvió a gritar Don Quijote.
- Me parece que el viejo tiene razón- reflexionó el profesor Emilio Dorfer.
Volvieron las discusiones y el recinto se transformó en una gigantesca asamblea. Pasaron los minutos y en cada corrillo se fue haciendo carne la idea armar una comisión con mandato para negociar con el hombre del altillo. El delegado llegaría a la hora de la cena y era el momento propicio para plantear la inquietud del grupo.
- No podemos hacer esto solos -razonó David Copperfield-. Por lo que sé hay más de treinta pabellones. Necesitamos más fuerza para que el hombre del altillo atienda el reclamo.
- No son treinta los pabellones; eso es lo que se ve desde nuestro ventanal. Hay muchos más-, reveló Scherezade.
- No me habías contado eso-, le dijo, enojado, Don Juan.
- Con vos no hablo. Basta de verso-, le retrucó.
- ¡Ya empezaron!-, rezongó El Cid.
- ¡Armemos esa bendita comisión de una vez y pidamos una entrevista! ¿O vamos a esperar a que nos sigan diezmando? Los últimos fueron Hansel y Gretel. ¿Dónde están? ¿Qué pasó con ellos? ¡No soporto más esta incertidumbre!-, sollozó el doctor Frankenstein.
- Vamos, pórtese como un hombre-, lo retó Hércules Poirot.
Macbeth comprobó que el debate corría el riesgo de empatanarse y recuperó la iniciativa. Era el momento de jugar todas las fichas. “Para que no se generen suspicacias esperemos todos juntos al delegado. Yo hablo con él y el resto me respalda. Si alguien quiere intervenir, bienvenido sea”, ofreció. Sonaba razonable.
- Por ahí tenemos suerte-, se ilusionó el Capitán Nemo.

2
La campanilla que anunciaba la cena llevó la excitación en el pabellón seis al borde del paroxismo. Cuando apareció el delegado, los gritos cesaron por completo. No estaba solo.
- Es el hombre del altillo-, exclamó El Principito.
- Ahora quiero verlo a Macbeth-, se solazó, en voz muy baja, Jane Eyre.
El hombre recorrió el pasillo central lentamente, buscando dónde sentarse. Todos lo siguieron; muchos retenían la respiración. Era muy bajito, víctima de una incipiente calvicie, y de manos tan pequeñas como delicadas. Vestía totalmente de blanco. Sherlock Holmes lo radiografió en el acto, aunque se abstuvo de comentar sus conclusiones. Para su sorpresa, el hombre le obsequió un alegre saludo. Finalmente, habló.
- He notado una llamativa inquietud por aquí-, apuntó despreocupadamente el hombre. Había hallado un cómodo silloncito y se acomodó velozmente. Todos miraron a Macbeth.
- ¿Puedo saber qué les preocupa?
Macbeth tragó saliva.
- Las desapariciones. ¿Qué está pasando?-, se animó a preguntar.
El hombre se sacó los anteojos y los guardó en un estuche. Recostó la cabeza en el respaldo, un poco gastado pero tentadoramente mullido, y recorrió al grupo con una mezcla de respeto, cariño y curiosidad.
- Me han encomendado una misión. Una hermosa misión. Me niego a llamarla trabajo.
- ¿Y es...?-, inquirió Macbeth.
- Cuidar de ustedes.
- ¿Cuidarnos?
- Por supuesto.
- ¿Por qué?
- Porque ustedes son un tesoro. En mi modesta opinión, el más bello y valioso de los tesoros. Y yo soy el guardián.
Hubo sorpresa, gestos de incredulidad.
- Trataré de explicarles. Cada uno de ustedes es una joya con marcado destino de inmortalidad. Así está dispuesto desde el principio de los tiempos. Sólo que debemos atenernos a ciertas reglas -algunas de las cuales, les confieso, ni yo mismo entiendo-, y por eso van saliendo
de los pabellones con este... sistema. Para cada uno está reservado un momento.
- ¿Y no podemos saber concretamente de qué se trata?-. El tono firme en la pregunta de Huck Finn demostró que habían ganado en confianza.
- Es que ni siquiera yo sé a quién le tocará salir en el próximo turno. En cuanto a las precisiones sobre lo que les espera, sólo puedo pedirles que no se asusten, se trata de un tránsito
maravilloso. Maravilloso. Ya no se refieran a esto como desapariciones.
- ¿Y quién determina quién se marcha y cuándo?-, quiso saber Alex,
sintiéndose un poco ridículo con sus calzoncillos escopeta blancos.
- Un compañero de tareas. Se llama Inspiración.

3
Al hombre del altillo le encantaban las flores. Las cultivaba con esmero y con cariño. Nada para él como pasear cada mañana entre los tulipanes, acariciando los pétalos con la yema de los dedos; sentarse junto al estanque y admirar las orquídeas; calzarse los guantes para cuidar sus rosales. El jardín, una extensión inabarcable de verde y colores que explotaban aquí y allá, era a la vez el ámbito ideal para las caminatas y las despedidas. Sólo que en esta oportunidad, por
razones de fuerza mayor, había cambiado un mediodía de sol por la frescura de la noche estrellada.
- Mañana empieza una nueva vida para usted.
- ¿Una nueva vida?
- Sí, estimado Conde. Es tiempo de dejar el pabellón.
- ¿Y a dónde voy?
- A un lugar magnífico.
- ¿Puedo saber de qué se trata?
- No lo entendería si se lo explico. La experiencia habla por sí misma.
- Estoy un poco asustado. Siempre he vivido aquí.
- Lo entiendo. Le pido que confíe en mí.
El hombre rodeó los hombros del Conde con un suave abrazo y lo condujo por un sendero. La capa brillaba a la luz de la luna.
- Usted y sus compañeros son seres muy especiales.
- Hemos pasado lindos momentos. Y eso que yo duermo de día, ¿eh?
- Lo sé. Pero todo tiene un final, aunque en estos casos es más apropiado hablar de un comienzo.
- Voy a extrañar a mis amigos. ¿No pueden venir conmigo?
- Todos están unidos y van a seguir así. Se lo prometo.
- ¿Me va a doler?
- ¿Cómo?
- Si esto que va a pasarme es doloroso. O traumático.
- Nada que ver.
Llegaron a un claro y el hombre deslizó el brazo hasta estrechar la mano del Conde.
- El viaje será breve. Todo va a salir bien.
- Le creo.
- Cierre los ojos.
En ese momento, en Londres, un escritor y dramaturgo llamado Bram Stoker encontró la pieza que faltaba. Hacía tiempo que le daba vueltas la idea de una novela gótica basada en su interés por el vampirismo. Fue un flash, un ramalazo de clara percepción en el que Drácula se corporizó en su mente.
El hombre del altillo se había quedado solo en el claro. Y sonrió.

La señora del cuadro

Dijo Holden Caulfield | 12:57 | 13 comentarios »


Ilustración: Sebastián Rosso
1
Esta es la historia de Miguel, el chico que se fue a vivir en un cuadro. Pensará usted, estimado lector, que hablo en sentido figurado. De ninguna manera. Hay magia y fantasía en este relato, es verdad, pero también dolor. Y como cierre, a modo de moraleja, una lección de vida, gentileza de un pequeño de cuatro años.
¿Qué puede llevar a un nene de esa edad a tomar semejante decisión?, nos preguntamos todos. Miguelito no se fue de paseo; tampoco emprendió un viaje iniciático ni salió a experimentar los riesgos de la realidad. Él, sencillamente, saltó a otro plano. Cambió de dimensión. Eligió un mundo diferente. Hace falta mucho valor para dar un salto de esa naturaleza. Póngase en su lugar y, con la mano en el corazón, confiese si se siente capaz de eternizarse en una pintura. Así, estático, condenado a la inmovilidad policromática del óleo. Miguel lo hizo por amor. Déjeme que le cuente.

2
La primera vez que vio el cuadro, Miguel llevaba los pañales y el chupete con altiva dignidad. Sus horas transcurrían de brazos en brazos, de la cuna al coche, de la teta a la mamadera. Aprendió a sonreir cuando era muy chiquito y las caricias en el cuello lo tentaban al nivel de carcajada. Ya habrá deducido usted que era un bebito adorable. Pero, y aquí me permito una opinión muy personal, había algo especial en sus ojos. No me pregunte qué; no sabría explicárselo. Digamos que si Miguelito lo miraba a usted fijamente, durante un buen rato, lo hacía sentir bien. Tal cual. ¿Era un don? Quién sabe. Lo cierto es que, desde su condición de crío incapaz de articular palabras, ya marcaba una diferencia con el resto.
Pero no quiero olvidarme del cuadro, que es tan central en esta aventura como el propio Miguel. Le soy sincero: a mí nunca me llamó la atención. Es fruto del talento de Juan Carlos Iramain, un prestigioso artista tucumano que ni por las tapas debe haber soñado con algo así: un invitado -un colado, mejor dicho- en el corazón de su obra. Iramain pintó una colla (¿la habrá retratado? ¿la habrá imaginado?) y le regaló una tela de inusuales dimensiones. Porque es demasiado grande para albergar apenas un rostro. Medio cuerpo, para ser precisos.
Dicen que Iramain dio a una luz una pintura similar, pero con un hombre de protagonista. El compañero de la colla. Su marido, o su hermano. Pero es apenas una versión escuchada al pasar, imposible de corroborar hasta tanto no aparezca el cuadro en cuestión. En tal caso, sería posible entender muchas de las cosas que terminaron con Miguel en un paisaje eterno. Pero no nos vayamos al campo de las conjeturas, porque esta es una historia real.
Esa mujer irradia tristeza. Tiene los ojos enormes y oscuros, y los pómulos como naranjas bien maduras. Imposible adivinar su edad, porque se sabe que la piel curtida, tan propia de las ventiscas andinas, engaña cualquier cálculo. La boca fruncida, las orejas grandes, el pelo lacio cayendo sobre la frente; son postales de un perfil sufrido que a Miguel lo sedujo desde el primer encuentro. No hay detalles relevantes detrás de la figura cubierta por un ponchito verde (ahora que lo pienso, lleva el hombro izquierdo descubierto). Se adivina la ladera de un cerro, manchones de verde, un caminito serpenteante, el ocre del atardecer.

3
- La señora me habló.
Esa fue el primer indicio sobre la relación entre Miguel y la mujer del cuadro. Lo reveló durante un almuerzo y, lógicamente, no lo tomaron en serio. Su hermano se burló un poco.
- ¿Qué señora?-, le preguntaron.
- Esa-, dijo señalando la pintura, poco visible desde ese ángulo del comedor.
- ¿Cómo que te habló?
- Sí, cuando yo estaba viendo la tele.
Miradas cómplices en la mesa. Entre divertidas, sorprendidas y, seamos francos, con algún atisbo de inquietud.
- ¿Y qué te dijo?
- Que está muy triste porque no encuentra a su hijito.
Eso fue todo. Miguelito tenía en ese entonces dos años y medio. Tamaña revelación, en cierta forma, justificó determinadas actitudes del pequeño. Como las tardes interminables en el sillón del living, con un ojo en los dibujitos animados y el otro recorriendo las paredes. Como ciertos murmullos -¡desde los tiempos en los que todavía dependía del coche, es cierto!- al pasar cerca del cuadro. Como el cariño con el que observaba a la colla.¿Cómo reaccionan los padres ante estas situaciones? Y, cada casa es un mundo. Hay quienes se obsesionan por descubrir desórdenes de conducta e integran al psicólogo al círculo familiar. Otros buscan explicaciones más moderadas (el amigo invisible que ¿todos? hemos tenido alguna vez y cosas por el estilo). Y están los que dejan pasar estos capítulos de la infancia como quien mira una sitcom.
Cuando Miguel se acostumbró a saludar cada mañana a “la señora”, porque ese fue su nombre oficial de allí en adelante, a sus padres les pareció que las cosas pasaban de castaño oscuro. Pero fue una tormenta de verano. Miguelito seguía siendo la creaturita vivaz, inteligente y alegre de siempre. ¿Que hablaba con un ser construido a base de pigmentos e inspiración? ¿Y quién se arroga el derecho de arrojar la primera piedra cuando un filósofo decreta el fin de la historia y el resto del mundo lo da por sentado?

4
Una tarde de setiembre, con tres años recién cumplidos, Miguelito le contó a su papá todo lo que sabía sobre “la señora”. Llovía finito y estaba fresco; uno de esos días en los que los tucumanos se mienten a sí mismos que no están condenados a fritarse en un infierno subtropical. A Miguel le encantaba columpiarse en una hamaca paraguaya que habían colgado en el quincho, y se lo notaba muy concentrado en esa tarea cuando empezó a hablar. De repente y sin que le preguntaran. Estaban solos.
“La señora” vivía en una casita de adobe. Su marido se había ido. Así, sin dar un motivo. Ella se había despertado un día, le había dado un poco de guiso viejo a la perra y un vaso de leche a su hijito, había lavado algo de ropa en el arroyito y había preparado el almuerzo. Pero él nunca se sentó a la mesa. Ella lo esperó durante toda la tarde, apenas acomodada en un banquito, la espalda contra el barro reseco, los pies entrelazados en un ruego. Con el ocaso se le escapó una lágrima. Y otra. Y otra. Y después no lloró nunca más.
Piense usted en esta tragedia relatada por la serena inocencia de un retoño. Una mujer abandonado en medio de la nada. A la buena de Dios y responsable del bienestar de un chiquito. Y eso no fue todo, porque las penurias nunca vienen solas y, a no dudarlo, con “la señora” se ensañaron. Una noche de tormenta se le perdió su hijito. El agua, enfurecida, se filtraba por todas partes, y el techo parecía a punto de desplomarse. ¿El techo? Era el cielo el que se venía abajo. El arroyito era un mar embravecido y ella, tan sola, tan angustiada, se había descuidado durante un minuto. Menos, tal vez. Suficiente para que el changuito se esfumara sin dejar rastros.
Mucho tiempo había pasado. Tiempo de soledad, de penas que siempre amagan con dar un portazo pero que están tan arraigadas que el corazón no puede vivir sin ellas. Ella nunca había dejado de buscar a su pequeño. Jamás se había resignado a la pérdida.
- ¿Sabés, pa? Me dijo que cuando me ve se acuerda de su hijito. Está tan sola... Y tan triste.
No volvieron a hablar del tema.

5
A la luz de los hechos, se nota que Miguelito maduró su decisión. Reflexionó. Meterse en el cuadro no fue un impulso ni un equívoco. Mire usted: vomitó la historia de “la señora” un año antes del salto. Le llevó meses hacerse a la idea de que podía vivir sin Discovery Kids, sin la pizza de muzzarella y sin armar esas torres de Babel que se desmoronaban cuando los bloquecitos de plástico renegaban del idioma del equilibrio. ¿Habrá medido que en el cuadro no había pileta ni aire acondicionado? ¿Ni galletitas de chocolate ni porrazos porque a la bicicleta se le salían las rueditas? Seguro que sí.
A su manera, Miguel se fue despidiendo de todos. A nadie le confesó lo que estaba a punto de hacer. Es más, se lo veía más alejado del cuadro. Tal vez supuso que lo estaban espiando. O que adivinaban su plan. Daba vueltas por el jardín, acariciaba a su gata y se peleaba mucho menos con sus amiguitos.La noche del 25 de agosto les dio un sonoro beso a sus papás y se durmió con la placidez de los justos. El día de su cumpleaños amaneció en el mundo que él había elegido habitar.

6
Todos los días me acerco al cuadro y le doy un beso a mi hijo. Es una manchita castaña, allá a lo lejos, jugando en la ladera de esa montaña que ya conozco de memoria. No puedo verle la carita, está un poco de costado. Pero, ¿quiere que le sea honesto? Me da la sensación de que es feliz.
Y ahora, fiel lector, a modo de agradecimiento por haber llegado hasta aquí conmigo, voy a revelarle algo: la señora me habló. Lo hizo una vez, y fue suficiente.
- Yo lo cuido, y él me cuida-, me dijo.
Y no pude responderle nada.

El Pacto

Dijo Holden Caulfield | 15:10 | 6 comentarios »

A Sabrina, musa y protagonista.

1

- ¿La amas?
- Con desesperación.
- Cuéntame.
- Los días pasan, las horas se consumen, el mundo se mueve y yo me mantengo a un costado de la realidad, como en un sueño. Los hechos pierden su trascendencia, la naturaleza parece alterada porque a veces no soy capaz de distinguir los colores, los climas. Me muevo en un plano distinto. Aterrizo suavemente y vuelvo a despegar impulsado por sentimientos que estaban guardados y se soltaron de repente. No me importan las ideas, reniego de lo establecido. La felicidad está ahí, al alcance de la mano. Basta con cerrar los ojos y recitar su nombre, una y otra vez, en un trance de amor.
- Entiendo.
- ¿Puedes ayudarme?
- Siempre.
- Escúchame: me conformo con una mirada, con una palabra. El tiempo suficiente para capturar su esencia. Un instante perfecto, sublime. ¿Acariciarla? ¿Besarla? ¿Recibir un te amo de sus labios? No me animo a soñar con algo así. Sería peligroso. Sé que puedo volverme loco.
- Puedo regalarte lo que me pides. ¿Y qué me darás a cambio?
- Todo. Lo que quieras.
- Serás un esclavo de amor, Ismael.
- Lo seré.


2

El sol del mediodía, impiadoso, devoraba las espaldas. La arena hirviente se colaba en las fauces resecas de la masa desdichada. El monstruoso bloque de piedra estaba irremediablemente atascado, mientras los latigazos restallaban aquí y allá. Ismael intentó anudar una de las poleas, pero los dedos le temblaban. Devorado por la fiebre, sabía que no pasaría de esa noche. Levantó la cabeza y se deleitó con el suave tránsito del Nilo, con las barcazas coloridas y los niños que chapoteaban en la orilla. Y la vio. Las manos suaves y exquisitas jugueteaban con un cántaro. Entonaba una melodía, que le recordó a su madre.
El golpe, brutal, lo despertó de la ensoñación y lo partió en dos. Alcanzó a mirarla por última vez. Faltaban muchos años para que la pirámide luciera todo su esplendor. Ismael ya había hecho su aporte.


3

La galera estaba condenada. La tormenta cruzaba el Mediterráneo y la nave agonizaba entre las olas. Atado al remo, Ismael movía los brazos con furia. El casco crujía durante ese zig zag endemoniado, y la risa de Neptuno retumbaba en la bodega lúgubre, un pandemónium de ratas y grilletes tan oxidados como implacables. Las filtraciones se hacían cada vez más grandes y el agua ya les llegaba a la cintura. Los alaridos de los galeotes no conmovían el rítmico tam tam.
Cuando el mar envolvía sus hombros, segundos antes de ahogarse en ese ataúd maldito, Ismael distinguió un resplandor de la cabellera azabache. Y ya no vio nada más.


4

- La señora pide más vino, rápido.
Ismael corrió al cobertizo, revisó las ánforas y colmó tres cuencos. Hizo equilibrio con un madero, a modo de bandeja y volvió rápido a la casa.
- A servir, vamos.
Después de acomodarse un poco la vestimenta y de secarse el sudor, ingresó a la sala con paso rápido y la mirada clavada en el piso.
- No hay esclavos como los de Dalmacia -se ufanaba Cayo Pomponio-. Y los tengo en mi casa.
- Los míos son de lo mejor-, le retrucó Drusila.
- No estoy tan seguro.
- ¿Quieres hacer la prueba?
- Mmmmm... Te apuesto a que este infeliz no es capaz de llenar 10 copas de vino sin derramar una gota. Pero debe hacerlo en el tiempo que yo termino la mía.
- Eres un cerdo, Pomponio.
- ¿Lo crees capaz?
- Por supuesto que sí.
- ¿Y si no lo logra?
- ¿Qué?
- Pues le cortamos una mano.
Hubo carcajadas, y apuestas, y los invitados se congregaron en torno a la gran mesa, en la que 10 copas habían sido perfectamente alineadas. El jarrón era pesado y muy difícil de manejar. Ismael supo que sería imposible el éxito en tan poco tiempo.
- ¡Comiencen ya!-, ordenó Drusila.Pomponio despachó su vino muy despacio, siguiendo de reojo la nerviosa aventura de Ismael, disfrutando de la torpeza del sirviente y del disgusto de la anfitriona. En la sexta copa, tres gotas salpicaron el mármol.
- Son manchas de sangre. Su sangre-, rugió, iracunda, la hermana de Calígula.
Ismael pasó sus últimos días entre los frutales al pie de la colina, carcomido por la gangrena, agradecido por los cuidados de una anciana dadivosa. Una noche, recostado sobre el heno, adivinó una figura blanca, tallada con deleite, los pies pequeños, el cuello de una deidad.


5

Una vez más, las joyas de Constantinopla eran presa de la rapiña. Ismael se refugió de la matanza en una iglesia, pero no había espacio para los débiles esa noche de saqueo y de muerte. Por eso, desarmado, expuesta su carne a la furia del invasor, fue rápida víctima de una espada trepidante. Se arrastró hasta la explanada y expiró con la vista fija en las estrellas. Antes, por un momento, atrapó el más bello de los perfiles jamás imaginado por el hombre.


6

Cuidar los caballos del general era su misión. Combatir el frío de la estepa no era sencillo esa mañana de hogueras apagadas. El campamento había quedado atrás; la descomunal maquinaria del ejército estaba en marcha. Ismael les había tomado afecto a esos corceles mongoles, tan amigables para las caricias y tan altivos para la batalla. Pero lo preocupaba la renguera de uno de ellos. El favorito de su amo.
- No le va a gustar cuando se entere -, le susurró, al pasar, uno de los cocineros.
Había aplicado todo sus conocimientos buscando una cura, pero no había caso. La bestia negra marchaba con la cabeza gacha, incapaz de soportar la montura. Y el general lo pediría apenas se tornara inminente la batalla. Desde lejos, con el disgusto esculpido en la frente, el guerrero había notado la inexorable declinación de ese amigo que le había salvado la vida tantas veces.
Ismael estaba perdido y lo comprobó la noche siguiente, cuando el cuchillo del general, ciego de borrachera, de rabia y de pena, le perforó el estómago. Murió convencido de que había apreciado, por un segundo, la sonrisa de un ángel.


7

Sirvió en la casa de Simon de Monfort durante 75 años. Se apagó una tarde de abril, hecho un ovillo en un camastro miserable.
- Lo escuché, lo escuché antes de morir- contó uno de los niños en las afueras del castillo.
- ¿Y qué decía?
- Hablaba de una creatura mágica.


8

Ismael cosechó arroz en el delta del Yangtzé, fue pastor en las afueras de Cuzco y pescador en el Ganges. Una y otra vez fue carne de cañón. Se hundió en las gélidas tumbas del Artico y en el infierno del Sahara. Por los siglos de los siglos lo guiaron ojos indescifrables, formados por un collage de colores de fantasía, tan poderosos como profundos y devastadores. Los había mirado de cerca una vez, suficiente para motorizar su leyenda.


9

Los campos de algodón se habían transformado en un páramo. Georgia era presa de las llamas y las mareas de sometidos deambulaban sin rumbo por los caminos polvorientos. Ismael arrastraba los pies desnudos, atenazado por el hambre y la incertidumbre. Lo acompañaban cuatro hombres, dos mujeres y un niño asustado. Vagaban sin destino, entregados a la furia vengativa de los soldados confederados o a una muerte por inanición.
El pelotón apareció de repente, a toda velocidad. Hombres fuertes, con la impronta de los vencedores en la postura. Los uniformes azules no transmitían tranquilidad, hasta que el capitán habló. Lo hizo con la voz engolada, un discurso de apenas tres palabras, pero no por eso menos ensayado:
- Ahora son libres.
Una semana más tarde mataron a Abraham Lincoln, y pocas horas después una turba enardecida linchó a Ismael en un viejo roble, a escasos metros de la choza en la que había nacido. Impresos en los párpados se llevó esos pequeños detalles que endulzaban sus sueños: los holluelos en las mejillas, los pasos breves y danzarines, el modo en el que se acomodaba el pelo, algunos lunares dispersos, aquí y allá.


10

Se despertó asustado. El sol inundaba la habitación, mientras la silueta recortada en la puerta proyectaba una sombra impensada. El visitante se sentó en un banquito, junto al catre, y sonrió.
- Pasó mucho tiempo, Ismael.
- Mucho tiempo.
Amanecía en Darfur y las moscas integraban una nube espesa y pegajosa. Pero no se acercaban a la figura angulosa y taciturna.
- Siete mil años, mi amigo.
- Sí.
- ¿Te gusta este lugar?
- Estuve en otros mucho peores.
- Lo sé.
- ¿Qué quieres?
- Pasé a ver cómo estabas.
Ismael se recostó y cerró los ojos. Muchas vidas y muchas muertes se le amontonaron de repente, pero el sufrimiento se evaporó en un suspiro. Era ella, frente a frente, con aquel crepúsculo de fondo. Era su sonrisa y su mirada, con la brisa de otoño anticipando la noche más preciada.
- ¿Te arrepientes?
- Me hiciste el regalo más bello. Tuve todo lo que deseaba.
- ¿No le temes a la eternidad?
- ¿Temerle? ¿Cuándo ella me sonrió, y hablamos, y capturé su mirada?
- Fue apenas un minuto.
- No sabes de lo que hablas. No sabes lo que es la felicidad.
El visitante se puso de pie, un poco perplejo, para la despedida.
- Puede que volvamos a vernos. Muchas cosas interesantes pasarán en el mundo.
- Te espero.
- Adiós.
- Adiós. Y gracias.

El ascensor de Belén

Dijo Holden Caulfield | 18:51 | 8 comentarios »

I

- Papá... ¿Sos vos?
El celular se le escurrió entre los dedos y rebotó en la alfombrita de goma. Diego irguió la cabeza y sólo encontró su expresión de sorpresa en el espejo. No había nadie más en la asfixiante caja de 1,30 de lado. Apenas la señal mortecina del tablero y un fluorescente en permanente agonía. Pero la voz, la pregunta, el ruego de la nena, había sido demasiado nítido. De pronto la cabeza le pesaba toneladas
y sintió que un hilo de sangre se le colaba entre los labios. Se tocó la nariz, recostando la espalda sobre el aluminio sucio, y la mano
era un manchón carmesí.
El ascensor frenó en seco, con el habitual chirrido de las poleas desgastadas, y Diego salió a los tropezones, golpeándose el hombro contra una puerta. Aterrizó en el hall, jadeante, aferrado a sus rodillas, la mirada clavada en la cabina. La señal del mensaje de texto volvió a sacudirlo; además del ringtone sonaba el vibrador y el teléfono daba cómicos saltitos. Lo capturó de un manotazo y, con los
párpados más apretados que nunca, cerró las compuertas con violencia.
- Amor... ¿Qué pasó?
- Alguien me habló en el ascensor.
Refugiado en la cocina del departamento, Diego intentó poner las cosas en orden. No estaba de humor para que su novia lo acribillara a preguntas. Y menos para que se burlara de él. Estaba claro: había escuchado una voz al momento de pasar por el cuarto piso. Del palier,
seguramente. Y por alguna razón se había amplificado hasta convencerlo de que era tan cercana. Tomó un largo trago de agua mineral y se congratuló porque la sien había dejado de latirle.
- Amor, estás lleno de sangre.
La afirmación, alarmada, lo volvió a la realidad.
- Se me debe haber reventado un vaso, voy a lavarme.
- ¿Qué pasó? Decime la verdad... ¿Estás bien?
- Sí, fue un susto, nada más.
Se metió al baño y, mientras abría la canilla, se miró en el espejito del boquitín. Las manchas rojizas, esparcidas por las mejillas y el mentón, le habían salpicado la camisa. Le retumbaba en los oídos la súplica de la nena. Era tan real...
- ¿Vas a ver el mensaje de texto?
- Ah, sí.
Ella extendió el aparato, teñido por luces azules que se prendían y apagaban, reclamando una pronta lectura, y cuando Diego miró la pantalla volvió a sentir que el mundo daba vueltas. Sólo tres palabras.
- Papá... ¿Sos vos?

II

Tres ascensores para 17 pisos. Ocho departamentos por planta. Más que un edificio era una pequeña ciudad, atestada de vecinos que intercambiaban saludos de compromiso, chismosos que husmeaban historias e infinidad de rostros desconocidos. Siempre de paso. La construcción no era vieja, pero se había deteriorado tanto como la disciplina de los porteros. Había demasiada basura debajo de las alfombras. Y muchos secretos.
Fermín tenía siete años y el absoluto convencimiento de que no debía subirse solo al ascensor del medio. El más lento. Una vez había sentido dedos invisibles que le rozaban una mejilla; otra, un susurro indescifrable. Pero a Fermín más lo atormentaba la tristeza que le transmitía cada viaje en el paquebote traqueteante. En esa minúscula celda le surgía el recuerdo de su abuelito, una figura destrozada por la artrosis que intentaba acariciarlo con una garra repulsiva.
Esa mañana, Fermín pasó a toda velocidad por el hall y, de reojo, vio a uno de los porteros limpiando frenéticamente el espejo maldito. Aceleró y se internó en la escalera, hasta desaparecer en un suspiro.
- ¿Qué pasa, Rubén?
- Esta vez se pasaron... Enchastraron todo, señora. Es un desastre.
- ¿Cómo que esta vez?
- Ya me cansé de limpiar este ascensor. Viven llenándolo de mugre y escribiendo cosas.
- ¿Qué cosas?
- Y... cosas raras. En el espejo. Y escriben con los dedos. Pase, mire.
La mujer se asomó y leyó MI PAPA. El trazo de las mayúsculas era irregular y se notaban las manchas a la vuelta. Huellitas de un rojo intenso.
- Eso es sangre seca, Rubén.
- Sí, acá no faltan los sucios que se creen graciosos. Siempre lo mismo.
- ¿Sospecha de alguien?
- Esos deditos...
- Sí, pero esto no parece cosa de chicos.
En ese momento el fluorescente parpadeó dos, tres veces, y la cabina quedó a oscuras. La lámpara del palier apenas proyectaba un tenue rayo de claridad, suficiente para que la vecina, de un salto, buscara refugio fuera del ascensor. Las compuertas se sellaron con un chasquido metálico y el portero tanteó el tablero en la penumbra. Una mano pequeñita, fría como el mármol en invierno, le atenazó el antebrazo y lo sometió a tirones casi salvajes.
- ¡Llevame, papá, llevame!, reclamó la niña.
El portero intentó forcejear, mientras desde el estomágo le subía un líquido quemante. Dejó de luchar, ahogado por el terror y por su vómito. Cayó de rodillas y la manito aflojó la presión.
- Vos no sos mi papá... ¿El dónde está?-, le preguntó una vocecita quebrada por las lágrimas.
El corazón de Rubén dijo basta. Fue la primera víctima de Belén.

III

No era fácil meter el cochecito en un espacio tan reducido. Nahuel había estado particularmente alegre durante la mañana. Se reía a los gritos, feliz con su sonajero reluciente, cruzado por un arco iris.
El enterito color crema, inmaculado, era la delicia de la dueña del almacén. Después del paseo al sol, el bebé estaba listo para su baño previo al almuerzo. Así que entró al ascensor dando grititos, mientras su mamá lidiaba con la bolsa de las compras y con las ruedas que se atascaban con el borde de la alfombra.
Ella pulsó el botón del 11 y se concentró en una arruguita que le había parecido sobre la nariz. Ni siquiera notó que Nahuel se había callado. Belén apoyó los brazos en los bordes del coche y miró fijamente al bebé. Lo taladró con sus enormes ojos color avellana, le succionó la alegría y, simplemente, le dijo:
- Vos querés venir conmigo, ¿no?
Nahuel se sacudió un poco y gimió. El sonajero se deslizó por un costado y cayó en cámara lenta sobre el pie de la mujer. Su hijo se sacudía en el coche, mientras los oídos le sangraban. La piel del nene se había puesto violácea y el enterito se tiñó de púrpura.
Cuando ella lo levantó, Nahuel pareció reaccionar. Miró fijamente a su mamá y abrió la boca.
- Nos vamos, nenito-, anunció Belén con acento cantarín.
Nahuel murió antes de llegar al piso 11.

IV

Son ojos de animé, se le ocurrió a Sandra. Eran enormes, vidriosos y arrolladoramente expresivos. Incisivos. Capaces de penetrar a las profundidades de cualquier espíritu para descubrir sus miserias y arrastrarlas a una oscuridad distinta. La mirada de Belén era una puñalada venenosa, atroz.
Es hermosa, se convenció Sandra. La nena llevaba el pelo -negrísimo- prolijamente recogido con una cinta blanca. El sencillo vestido verde le descubría los brazos y el pecho, coronado por un reluciente dije color perla. Usaba medias blancas -con puntillas, notó Sandra- y zapatos marrones. La piel de Belén era una maravilla de porcelana, tan delicada.
La mente analítica de Sandra funcionaba a toda velocidad. Mecánicamente, se había enfocado en la niña, en un formidable ejercicio de negación. Porque se había materializado de la nada, en una milésima de segundo, frente a ella. En absoluto silencio, mirándola con un fanatismo hipnótico.
De pronto, Belén habló.
- Te odio-, le espetó.
La autopsia reveló que Sandra había muerto a causa de una súbita y devastadora implosión de su estomágo, su esófago, sus intestinos.
- No fue agradable-, se limitó a apuntar el forense.

V

Subieron juntos al ascensor, como todos los martes. El leía distraídamente la solapa de un gigantesco volumen de tapas duras. Lo cargaba como una pluma. Ella apretó el botón del séptimo, tosió y tanteó la cartera, cerciorándose de que la billetera estaba allí. El viaje culminó sin incidentes. A decir verdad, ni el profesor Emilio Dorfer ni su hija sintieron nada raro en ese ascensor. Nunca.

VI

- ¿A qué piso vas?
- Al último.
- ¿Si? Yo también. ¿En qué departamento vivís?
- ...
- ¿Cómo te llamás?
- Belén.
- Nunca te había visto por acá.
- Busco a mi papá.
- ¿Tu papá?
- Sí, mi papá.
- ¿Y cómo se llama?
- Lucio. ¿Vos lo conocés?
- ¿Lucio cuánto? No me suena.
- Mi papá es muy alto.
- ¿Si?
- Y tiene barba.
- Me parece que no lo conozco.
- ...
- ...
- Vos te vas a morir.
- ¿Qué?
- Que te vas a morir. Te va a agarrar una enfermedad, te va a doler mucho la cabeza y después te vas a morir.
- ¿Qué te pasa, nena? ¿Estás loca?
- Primero se va a morir tu esposa. Y después te vas a morir vos.
- Mirá, mejor callate...
- Te va a doler muuuuucho la cabeza.
- Terminá, basta.
- ¿Te querés morir ahora? Yo te ayudo.
El ingeniero César Robin, empapado por un sudor helado, el cuerpo invadido por temblores que nunca había imaginado posibles, se estrujó en un ángulo del ascensor y se dejó caer lentamente. Belén se limitó a mirarlo, impasible, y antes de esfumarse comentó:
- No sabés lo que te va a pasar. Me hubieras hecho caso.

VII

A Darío González, plomero de profesión, se le cayó una caja de herramientas y le fracturó cuatro dedos de un pie. Siempre aseguró que había escuchado una voz en el ascensor.
Fermín, finalmente, vio a Belén. Ella lo observaba con un poco de curiosidad, mientras él escondía la cabeza en los pliegues del sobretodo de su papá. Salió ileso.
Margarita, la administradora del edificio, sufrió un violento ataque de asma mientras se dirigía a la terraza. El ascensor, súbitamente, cambió de velocidad. Ella se ahogó, el cuello oprimido por una soga intangible, los pulmones reducidos a dos fuelles comprimidos al máximo, incapaces de expandirse porque el oxígeno vital había decidido esquivarlos.
Con las rodillas en el piso, vio una nena de vestido verde, bellísima y melancólica. Y la escuchó cantar. La crisis se llevó la vida de Margarita.
Don Osvaldo era el decano del edificio. Su admirable salud de roble, 97 años de plena vitalidad, quedó triturada cuando Belén le habló al oído. El jamás confesó la naturaleza de ese mensaje. Murió de pena, 10 días después.
El fluorescente se quemó cuatro veces en dos semanas. El motor funcionaba de a ratos; con arrestos de entusiasmo seguidos por inexplicables depresiones. Mario Díaz, el técnico capaz de hacer milagros con esas carcazas corcoveantes, se sumergió en el pozo y murió aplastado cuando el ascensor cobró vida y se desplomó furiosamente.
A veces, Belén reía. A veces cantaba. Por momentos se quedaba arrobada frente al espejo, la cabeza un poco ladeada, acariciándose el pelo. Esperando compañía.

VIII

Traspasó el hall con paso cansino, despreocupado. Pero era demasiado imponente como para pasar inadvertido. Por su altura, por la barba espesa, los anteojos de marco grueso y las gastadísimas zapatillas negras. Era flaco, anguloso, huesudo. Llevaba los botones superiores de la camisa desprendidos, y por allí asomaba una maraña negra.
- ¡Qué peludo!-, pensó la vendedora de planes de ahorro que lo cruzó en la mitad del palier.
Él fue directamente al ascensor del medio, y cuando se abrió la compuerta Belén se arrojó en sus brazos. La levantó, la hizo girar y le estampó un sonoro beso en la mejilla. Ella, pura felicidad, le tironeó las patillas. Se miraron un largo rato. Profundamente.
- Sos traviesa, ¿eh, Belén?
- ¿Nos vamos papá?
- Nos vamos. Hay que buscar a tus hermanos.
- ¿Y después qué hacemos?
- Y... No sé... ¿Querés que te deje unos días en otra parte?
- Mmmm... Puede ser, ¿no?
- ¿Y dónde te gustaría?
- ¿Qué te parece un jardín de infantes?
Por primera vez en esa tarde, el diablo se rió con ganas.

El Encuentro

Dijo Holden Caulfield | 15:51 | 9 comentarios »


1

-Tenemos nuevos vecinos, Don Fernando.
Al anciano no pareció interesarle la noticia. Se recostó en la mecedora del balcón y fijó la mirada en los coches que circulaban por 25 de Mayo hacia la plaza Independencia. La perra le olfateó la palma de la mano y se la lamió.
- ¿Y quiénes son?
- Un matrimonio bien jovencito. Temprano los vi trayendo cajas con libros.
- ¿Libros?
- Sí. Y plantas. Ella es bien simpática. Se llama Rebeca. Una pelirroja hermosa.
- Pelirroja...- Parece que son médicos. Me dijo el apellido, pero me olvidé.
La perra había calzado la cabeza en el enrejado y ladró con entusiasmo. Estaban en el quinto piso, pero muchas cabezas giraron en la vereda, atestada a esa altura de la mañana. Tucumán bullía en ese martes de otoño recién estrenado. Bullía de nervios, de ansiedad. Algo grande estaba por pasar.
El anciano sorbió su té, mientras la perra le acariciaba la rodilla con la cola inquieta. Hacía calor.
- ¡Goldstein!
Giró la cabeza hacia el ventanal y el imponente cuerpo de Blanca, la mujer que día a día ponía orden en el diminuto departamento de dos ambientes, emergió por la mitad. Hasta la cintura, en un raro equilibrio que al anciano le pareció gracioso.
- El apellido es Goldstein.
Don Fernando apoyó la cabeza en el almohadón y de pronto lo atrapó la modorra. Soñó con trenes.

2

Casi las once y media. A Blanca no le gustaba despertar al anciano.
El primer destello de esos ojos provocaba un efecto paralizante. En cierto modo repulsivo. Después, cuando iba aterrizando en la realidad, Don Fernando recuperaba la impasibilidad del gesto lejano. En un tiempo, a Blanca se le antojaba arrogante y despreciativo. Había dejado de importarle.
Le rozó los hombros con toda la delicadeza que le permitían sus manos, acostumbradas en una época a los quehaceres rurales en el corazón del cañaveral.
- Vamos, Don Fernando. Tiene que salir un rato. A caminar, vamos.
La perra había parado las orejas y el anciano se irguió lentamente. El estuche con los lentes estuvo a punto de deslizarse del bolsillo de la remera celeste. Llevaba pantalón gris y mocasines sin medias. Esa mañana se había afeitado con prolijidad marcial.
- Póngase la gorra o se va a insolar.
Mientras cruzaba el comedor hacia la puerta, atenazado por la cojera y el dolor en la cintura, se le ocurrió preguntar por el almuerzo.
- Tallarines, como a usted le gustan.
Desesperada ante la inminencia de la partida del amo, y sin resignarse a que para su paseo vespertino faltaba un buen rato, la perra gimió. Él le rozó el hocico con el dorso de la mano, un poco conmovido. Y cerró la puerta de golpe.
No estaba solo en el hall. Una pelirroja deslumbrante lo miraba, curiosa. Don Fernando manoteó el botón del ascensor.
- Ya lo llamé. ¿Siempre se demora en venir?
- A veces.
- Somos vecinos, ¿sabe?
- Ya me contaron. Vos sos Rebeca. Mucho gusto-, le dijo con llamativa suavidad.
Ella sonrió, sorprendida por el extraño acento del viejito y por la dulzura que había adivinado en el saludo. De paso, con el ojo clínico bastante adiestrado a pesar de sus 34 años, le echó un vistazo. Estaba más cerca de los 90 que de los 80. Muy desgastado, con la piel manchada, apenas unos mechones grisáceos sobre la nuca. Había estado muy enfermo, sin duda. Herido, con toda seguridad.Bajaron juntos y él no volvió a hablar. Ella le dedicó otra de sus esplendorosas sonrisas cuando Don Fernando, caballero, le franqueó el paso en la puerta del edificio. Partieron en direcciones distintas.

3

Recorrió el par de cuadras hasta la plaza disfrutando la caminata, palpando la efervescencia de la calle. Llevaba cuatro años en la ciudad, convencido de que ya no habría un próximo destino. Después de tantos viajes, de cruzar geografías insólitas, sobresaltado hasta por una brisa de primavera, Tucumán se había convertido en su lugar en el mundo.
La fachada de San Francisco lo amparó mientras adivinaba el inusual despliegue policial. La Casa de Gobierno parecía en relativa calma, así que cruzó San Martín y después giró, ansioso por descubrir entre los naranjos la esplendorosa estatua que tanto admiraba. Se detuvo un rato, enamorado de la perfección de las formas, y siguió la breve travesía diaria hacia el banco, frente a la Catedral.Solía dormirse en ese rincón, pero ese mediodía fue más que un cabeceo. Los brazos cruzados, el mentón en el pecho, se sumergió en un tiempo completamente diferente. Soñó con montañas, allá a lo lejos.

4

- Me voy, Don Fernando.
Eran las seis y media. El anciano saludó a Blanca con la mano y se acomodó en la mecedora. La perra, a los saltos, husmeaba entre los pechos de la mujer, feliz por esa vuelta a la manzana que estaban a punto de regalarle.
El anciano se sentía extrañamente excitado desde la siesta. Apenas había dormitado. Hacía muchos años -décadas, subrayó mentalmente- que la piel no se le erizaba de ese modo. Y cuando vio un transporte de soldados surcar raudamente la calle el corazón el latió a otro ritmo. Prendió la radio y corroboró la convulsión que le agitaba el espíritu. Algo muy grande iba a pasar.
Blanca volvió agitada.
- ¿Vio los soldados?
- Sí. Este gobierno no va a durar nada.
- Y... Hace falta mano dura.
El anciano se rió con ganas.
- Le dejo unos sánguches de pollo en la heladera. Hágase un té. Y no se desvele.
- Está bien, Blanca.
- La perra tiene un montón de comida en el plato. Y el balde lleno de agua.
- Ya lo vi, gracias.
Se relajó con el portazo. Respiró profundo y estudió el enjambre de peatones. Algunos apurados; otros despreocupados. Los vio, como siempre, reducidos a una masa informe, despersonalizada. Tan aborrecible, tan manipulable... Sonó el timbre. Nunca sonaba el timbre en su departamento.

5

La belleza de la pelirroja lo lastimó, le removió el estómago. Lo puso en guardia y lo estimuló.
- ¿Se acuerda de mí?
Amistosa, la perra le olfateaba las sandalias. Ella le acarició el manto negro y le rascó la cabeza. Ya eran buenas amigas.
- Rebeca, por supuesto.
- Disculpe la molestia. Tenemos una mancha de humedad en la cocina, en la pared que da con la suya. ¿Me dejaría verla?
- Pase. Pero no se ilusione, no hay mucho que ver.
Ella se adelantó, ágil, y Don Fernando le miró las caderas ajustadas en la solera floreada. Tenía piernas larguísimas y la espalda dorada.
- ¿Vive solo?
- No. Con ella.La perra movió la cola, orgullosa de ser el centro de la atención.
- ¿Y no le da miedo?
- Estoy acostumbrado. Tengo mi médico cerca y una mujer viene todos los días. Limpia y cocina. No me quejo.
- ¿Cuántos años tiene?
- Muchos.
- Y además de ser coqueto, ¿me dice de dónde viene?
- Soy polaco.
- Su acento no parece polaco.
El anciano arqueó una ceja, divertido.
- ¿Y qué le parece?
- Mmmm... No sé.
- Vamos, juéguese.
- Alemán.
Don Fernando soltó la carcajada.
- Le aseguro que no soy alemán. No le estoy mintiendo.

6

El anciano se fue a dormir temprano. De pronto, el bullicio había cesado y una rarísima quietud se había instalado en el microcentro tucumano. La perra se recostó en la manta a cuadros, las patas cómicamente subidas a la reja del balcón.
El pijama verde le quedaba un poco grande, pero le gustaba usarlo. Don Fernando miraba el cielo, dibujado entre las cortinas. Esa noche se sintió vivo otra vez, intuyendo los terribles vientos que soplaban a su alrededor. Escuchó el taconeo de la infantería sobre el asfalto; las aspas de los helicópteros en vuelos zigzagueantes; las voces de mando. Mientras nacía el 24 de marzo de 1976, soñó con un submarino que burlaba subrepticiamente el cinturón de hierro del estrecho de Gibraltar.

7


A las 6 de la mañana estaba en pie, escuchando en la radio los detalles del golpe militar. Se había decretado el estado de sitio. Mejor no esperar a Blanca. Pero las triviliadades domésticas no menguaban su entusiasmo. No había un alma en la calle; ni un bocinazo. Desde el balcón, con la taza humeante en las manos, distinguió el fusil. Los pelotones estaban esparcidos por las esquinas. Soldados jóvenes, muy jóvenes. La perra ladró y ellos levantaron la vista. El anciano les sonrió.
Abrió el pequeño placard y eligió el traje oscuro. La corbata azul. La camisa blanquísima. Los zapatos relucientes, cuidadosamente envueltos. Encontró sus gemelos de oro. Volvió a afeitarse. Y una vez vestido, impecable, tal vez con la dignidad recuperada, se enamoró de su reflejo en el antiguo espejo del aparador. Levantó el mentó, se pasó la lengua por los labios resecos y los dedos de la mano derecha se comprimieron en un puño de acero.
Mientras caminaba rumbo a la plaza, los soldados lo observaban con curiosidad. Ninguno le cortó el paso. La renguera era notoria, pero la portaba con particular determinación.
Frente a la Casa de Gobierno, alrededor del mástil, había un destacamente formado, listo para rendir honores al izamiento de la bandera. Muchos militares y algunos civiles charlaban en voz baja, formando corrillos aquí y allá. Casi no se distinguían curiosos.El anciano se quedó a un costado, pasando inadvertido, hasta que se hizo silencio. Por la amplia escalera, con ropa de fajina, semblante de piedra y ojos glaciales, descendió el general. Cruzó la calle raudamente, intimidando a cada paso. La pistola en la cartuchera. Estaba claro que no había dormido; subido al potro de la brutal asonada relamía el festín de poder y de muerte que la historia le había asignado.
Don Fernando le salió al cruce en un relámpago y le tendió la mano. Perplejo, el general lo miró. Se le atragantó el reproche a la guardia. ¿Qué hacía ese hombre allí? Pero no le salieron las órdenes. Ni la aspereza. La mano seguía extendida, firme, resuelta. Y por alguna razón inexplicable se sintió impelido a aprehenderla, a disfrutarla, a gozar ese contacto.

El apretón de manos entre Antonio Bussi y Adolf Hitler duró exactamente ocho segundos.

La Corona

Dijo Holden Caulfield | 15:44 | 10 comentarios »

I
- Jerusalén apesta.
Clelio maldijo el sol de la mañana y Rufus largó la risotada.
- Siempre se puede estar peor-, le dijo al oído. Apestaba a vino agrio, entre otros aromas nauseabundos. Clelio sintió la arcada subir. La controló.
- Mirá ese desgraciado. Es nazareno. ¿Estuviste en Nazareth?
- No.
- Es un agujero inmundo. Mejor no quejarse de Jerusalén.
- Palestina es un agujero inmundo.
El nazareno estaba de rodillas. La espalda era una masa informe. Los latigazos le habían arrollado la piel, y entre la carne viva se distinguían nítidamente algunas vértebras. Clelio lo miró con indiferencia.
- Parece que los hermanos se divirtieron, ¿eh?-, le dijo Rufus.
- ¿Y el centurión?
- Estuvo temprano. Pidió que los tres estén listos para llevarlos al Gólgota. Nos vamos en un rato.
- ¿Tres?
- Si hay dos ladrones que también debemos crucificar. Los tenemos adentro.
- ¿Y este qué hizo?
- Parece que es un profeta, o algo así. Acá están todos locos con esto de la religión.
- Jerusalén apesta.

II
A Cuomo se le habían agarrotado los antebrazos. No entendía por qué el nazareno no pedía clemencia. Había gritado, desgarrado por el dolor, mientras el látigo desintegraba cada milímetro de su epidermis. La sangre había brotado, rabiosa, y salpicado a Cuomo en la cara. Se le metía en la boca, la sentía correr por el cuello. Mientras descargaba su furia de cuero y metal sobre el torso indefenso, Cuomo rugía de placer y de frustración. Ese hombre no iba a rogarle, en su lengua incomprensible, por el fin del suplicio. Cuando lo entendió estaba exhausto, con sed. Y con el orgullo quebrado.
- ¡Eh, Cuomo! ¡Ya no sos el de antes!-, se había reído Rufus.
- Ya no es el de antes-, subrayó Fernio, que se había dedicado a escupir y a patear al nazareno mientras su hermano llevaba el peso de la tortura.
- ¿Y para los ladrones no hay nada! -se quejó Rufus-. Al centurión no le va a gustar.
Cuomo arrojó el látigo y se metió en la casucha donde amontonaban los desechos de la guardia. La resaca de una noche de dados y putas, las burlas de Rufus y de Fernio, el calor de la mañana... Todo estaba mal, pero lo que realmente lo atormentaba era la mansedumbre del nazareno. Su mirada. Lo odió.
- ¿Dónde están las vigas? -preguntó Fernio.
- Al fondo, las cortaron ayer- apuntó Rufus.
- Este no va a poder cargarla.
El nazareno se había desplomado sobre la tierra ardiente. Los terrones se le incrustaban en el rostro moreno. Los había lamido, en su desesperación por un poco de agua. El polvo le quemaba la garganta y le atenazaba los pulmones. Enloquecido de dolor, tosía y con cada convulsión la espalda parecía partirse en dos.
- Sí que va a poder-. Cuomo caminaba hacia ellos, arrastrando un poco las caligas, todavía con la sangre reseca del nazareno decorando su cuerpo de gigante.
- Un poco más de consideración con el profeta...-, se burló Fernio.
- No es un profeta, es un rey.
Los tres giraron en el acto; el gesto mecánico aprendido en el corazón de la legión, inducido por la voz de mando. El centurión los miró y estalló en una carcajada. Todos lo imitaron, menos Clelio, que a un costado permanecía absorto, pensando en que su destino en la cloaca del imperio estaba a punto de cambiar.

III
- ¿Cómo que un rey?
- Y no cualquier rey, Rufus. El rey de los judíos.
- Qué locura. ¿Y por eso lo matamos?
- Es cosa del Sanedrín. Pilatos no quiere problemas con esos dementes. Si hasta hizo que soltáramos a Barrabás.
- Tremendo hijo de puta.
- No perdamos tiempo. ¿Dónde están los ladrones?
- Adentro.
- ¿Los prepararon?
Cuomo se mordió los labios y Fernio miró para otro lado.
- No me digan que solamente le pegaron a este infeliz.
Al centurión le cambió el humor en un instante. De pronto también sintió el calor y se olvidó de la niña que había desvirgado un rato antes. Tan pequeña y tan delicada...
- ¡Clelio, a ver si te movés! Llevate a los ladrones y traigan las vigas. Ustedes dos ayuden un poco. Rufus, fijate qué hacemos con este tipo.
Sacaron a los ladrones de la celda miserable y los condujeron detrás de los establos. Las maderas estaban prolijamente apiladas.
- ¡Levántenlas!
El ladrón más joven metió las manos bajo el montículo de vigas y gritó de dolor. En la palma se le había clavado una espina, enorme, del espesor de un clavo y la implacable tenacidad de un aguijón. La piel se le había amoratado a la vuelta de la herida y la sangre le bañaba los nudillos. Se arrancó la espina de un tirón. Otro alarido.
Fernio se rió con ganas y Clelio quedó admirado por el tamaño de ese cuchillo natural. El espino crecía detrás, junto a un cobertizo, y había ramas dispersas por todas partes. Eran de un enigmático gris oscuro y se entrelazaban en formas inexplicables. Clelio nunca había visto un espino como ese. Es más: no recordaba esa planta. Y él había cuidado a los caballos durante mucho tiempo. Examinó con atención el arma que había perforado la mano del ladrón: tenía el tamaño de un dedo.
A su lado, Cuomo también miraba el espino con curiosidad. De pronto se le dibujó una sonrisa.

IV
Cuomo era torpe, salvo cuando utilizaba el látigo. Los cuencos se le escurrían, los lanzazos rara vez daban en el blanco y las caricias a las prostitutas se transformaban en palizas. Lucía callos en lugar de yemas. Por eso, Clelio se sorprendió al verlo manipular el espino con la destreza de un orfebre. Lo fascinaba la velocidad con la que movía sus dedos casi sin lastimarse entre esa trampa de púas, a la que empezaba a darle forma.
- ¿Qué estás haciendo?
-... un rey...
Algunas ramas se quebraban cuando Cuomo las doblaba prolijamente. Había armado tres círculos perfectos de espinos, sólidamente unidos, y en los insterticios colaba otras puntas, más pequeñas pero no menos amenazadoras. Clelio quedó maravillado por esa pieza, extraña y fascinante. Sobrenatural en su esencia.
- ¿Te gusta?
- Es... ¿qué es?
- La corona que se merece nuestro rey.

V
Regresaron al patio con las vigas a cuestas. Ni una nube. Ni una brisa. Ahora el centurión estaba de pésimo humor. Rufus había conseguido poner de pie al nazareno.
- No me gusta lo que está pasando en la calle. Mucha gente. Hay un pelotón desplegado hasta el Gólgota, así que llevemos a esta basura rápido. Sin distracciones.
- Este no va a soportar la viga-, observó Rufus.
El centurión dudó. Pretendía terminar el trabajo rápido. El viernes era un día complicado en Jerusalén, y había percibido que la ejecución del profeta podía provocar disturbios. No se sentía con ganas de luchar en las calles. Le dolía la cabeza.
- Sí que puede. ¿Verdad que podés?-, le espetó Cuomo al nazareno.
Fernio y Clelio ajustaran las vigas en los hombros de los ladrones. Cuomo sostenía la madera con el brazo derecho. El izquierdo lo mantenía oculto.
- Que cargue la viga y marchemos de una vez- decidió el centurión-. Los espero en la puerta.
Cuomo dejó el poste en el piso y Rufus acostó al nazareno encima. Le ató las muñecas hasta hacerlas sangrar y lo irguió de un tirón. El condenado estuvo a punto de quebrarse cuando todo el peso confluyó en sus hombros, pero de algún modo -y ese fue un momento que Clelio recordó toda su vida-, levantó la cabeza y miró a los cuatro a los ojos. El tiempo se detuvo en ese patio mugriento, impregnado de bosta, de sudor y de sufrimiento.
Hasta que Cuomo rompió el hechizo con un movimiento veloz, preciso, monstruoso e inapelable. Con su garra izquierda incrustó la corona de espinas. Y el indefenso nazareno lloró.

VI
Clelio no le quitó la vista al nazareno. No lo distrajeron los gritos ni los insultos ni las mujeres que lloraban. Cuomo marchaba en silencio, como en trance. Rufus cuidaba a los ladrones. Fernio abría la marcha y el centurión la cerraba.
Recorrieron las callejuelas, buscando la subida al Gólgota. En un recodo el nazareno tropezó y entre la muchedumbre se hizo lugar un hombre fornido; la expresión triste, las manos extendidas.
- ¡Que lo ayude, rápido!-, bramó el centurión.
¿Cómo se mantenía vivo? ¿Hasta cuándo? ¿Llegaría consciente a la cruz? Clelio le daba vueltas al asunto, mientras el martillo y los clavos tintineaban en el interior de la alforja. Veía al nazareno arrastrarse por la tierra hirviente, las rodillas desholladas, la mirada vacía. Pero nada lo intrigaba ni lo atraía tanto como la corona.
Cuomo la había colocado de un manotazo, pero se había ajustado a la cabeza del nazareno como si estuviera hecha a medida. Las espinas habían penetrado hasta el cráneo; se habían hundido en las sienes (¿por qué no estaba muerto?). Refulgía bajo el sol. A Clelio se le antojó que era hermosa, terrible; la imaginó con franjas de oro, recubierta de piedras preciosas. De una feroz divinidad. Afiebrado, se secó el sudor de la frente. Habían llegado al Gólgota.

VII
La tormenta sorprendió a todos. No a Clelio. Los curiosos corrían, huían revolcándose en el barro. Retumbaban los truenos y la inundación amenazaba los barrios bajos de Jerusalén. El nazareno estaba muerto y un hombre hablaba a los gritos con el centurión. Le rogaba por el cadáver. Una bolsa generosa zanjó la discusión.
- Van a bajarlo de la cruz. Que se lo lleven.
- ¿Y los ladrones? -inquirió Fernio.
- Tienen para rato, pueden durar hasta la noche-, apuntó Rufus, pensativo.
- Quedate con ellos -le ordenó el centurión-. Voy a dejar tres hombres del pelotón cerca. Con esta lluvia nadie va a acercarse.
Cuomo se había sentado, la espalda apoyada en la cruz. Tenía los ojos cerrados y el agua le correteaba por las mejillas.
- ¿Te quedás?-, le preguntó Clelio.
- Sí.
- Me parece que esta es la madre.
- La otra es una puta. La conozco.
Tres hombres bajaron al nazareno de la cruz. Uno de ellos, muy flaco y de tez amarillenta, cargaba las herramientas y, con llamativa destreza, había retirado los clavos. Clelio lo reconoció. Siempre revoloteaba sobre el Gólgota y se ganaba unos monedas haciendo el trabajo sucio. El mayor le pagó y el espectro desapareció en medio del aguacero.
Recostaron el cuerpo en el barro. Purificado por la lluvia, limpias las heridas. Clelio le notó una particular distinción en el perfil, en la suavidad de las facciones. Cuomo se arrodilló a su lado y, con la misma destreza con la que había entretejido las ramas, arrancó la diadema de un hábil tirón.
Clelio abrió su alforja y la extendió. Suavemente, Cuomo extendió la corona y la metió en el saco. Clelio le hizo un nudo y cargó su tesoro con cuidado.
- Vamos, te invito un trago-, le susurró a Cuomo.
Empezaron a caminar despaciosamente hacia Jerusalén, mientras Rufus los miraba desde la cima del monte.
- ¿Sabés, Cuomo? El domingo me voy a Roma.
De repente había dejado de llover.

El ritual del espinazo triturado

Dijo Holden Caulfield | 14:27 | 6 comentarios »


Ilustración de Ricardo Heredia

1
La mató con exquisitez. Vibrando con cada uno de sus estertores, sintiéndolos multiplicarse en sus entrañas. Esa agonía fue deliciosa y lo inundó de placer. El oído derecho había dejado de dolerle. Miró la hoja del cuchillo, el mango nacarado, el dragón de plata incrustado; sintió el filo en los labios y una gota de sangre se le escurrió entre el bigote enmarañado. La capturó, la degustó. Y como un rayo, disparó un nuevo estiletazo al cuello de la chica. El último hálito de vida se escurrió mientras el metal se ensañaba con la tráquea. A Emilio Dorfer, profesor de literatura de profesión, se le escapó un gemido. Y gozó con ese crimen perfecto, que no sería el último. Porque ahora le tocaba a la niña.

2
El agua tibia le acariciaba la nuca, bajaba por la espalda, se escurría en remolinos. Dorfer apoyó la mano izquierda en los azulejos despintados y la punzada en el oído fue brutal. Cerró los ojos con fuerza, se los restregó, y dirigió torpemente los dedos a la sien. Se los miró: había sangre bajo las uñas. Casi perdió el equilibrio al aferrarse al cepillo. La bañera daba vueltas.
- Papá, ¿te falta mucho?
¿Qué hacía ella en el departamento a esa hora?
- Papaaaaaaá...
- Ya salgo, mi amor. Esperá.
¿Dónde estaba el cuchillo? En el baúl del coche, seguro. Dorfer seguía intranquilo; había dejado la ropa en el piso del dormitorio. Su hija debía estar en el gimnasio en ese momento. El dolor se le estaba ramificando; le invadía la frente, bajaba por la nariz y se le metía en la garganta, hasta volver al oído. Enloqueció con ese círculo de púas que le arrancaba la carne y el vómito le brotó incontenible.
- ¿Papá?-, preguntó Andrea a media voz, recostada en la puerta del baño, afligida. Con miedo.
Dorfer la odió. Había caído de rodillas, exhausto. Le temblaba el brazo derecho, el mismo que había aprisionado tantos cuellos en el ritual del espinazo triturado. La odió y se odió.
- Estoy descompuesto, Andrea. ¿Podés preparme un té?
- Sí, pa. ¿Querés que baje a comprarte algo a la farmacia?
- No. Ya salgo, dame cinco minutos.
Sintió los pasos en dirección a la cocina y se decidió a erguirse. Le daba pánico la posibilidad de que otro ramalazo implacable lo dejara al borde del desmayo. Repasó mentalmente: el cuchillo estaba debajo de la rueda de auxilio. Limpio, inmaculado. Fantaseó con que lo tenía en la mano, listo para desgarrar la cortina, para probarlo en su propio muslo, surcado por un cruce de caminos con forma de cicatrices. Para hundírselo a Andrea en la base del cráneo. Recién en ese momento Emilio Dorfer, 51 años, respetadísimo estudioso de la literatura inglesa, se sintió mejor.

3
La lluvia lo ponía de buen humor. Su padre había muerto una tormentosa mañana de diciembre, ahogado por la bilis, los ojos inyectados de locura. Dorfer permaneció indiferente aquel fin de semana, apenas un cosquilleo juguetón y muy agradable en la boca del estómago cuando cargó el ataúd y lo depositó suavemente en el pasto mojado. Tenía 25 años, un título de licenciado en Letras, una esposa a la que no amaba y el firme deseo de matar.
Se acomodó bajo el alero de un almacén, en la esquina, para mirar con detenimiento los chicos que salían de la escuela. A Dorfer le martillaba el pecho, eufórico. Precavido, había dejado pasar seis meses desde su último banquete. Ya no soportaba la abstinencia, tenía el cuchillo en el bolsillo interno del sobretodo y lo acariciaba de arriba a abajo. Los ojos del dragón, dos refulgentes piedras preciosas, sobresalían en el diseño plateado y le rozaban la piel.
La niña apareció de repente, corrió a toda velocidad, chapoteando en los charcos con sus irresistibles botitas amarillas, y se detuvo, jadeante, en un quiosco. Dorfer se deleitó con el pelo ondulado, prolijamente decorado con cintas de colores, y con esas mejillas carmesí a las que pretendía despedazar con instinto de chacal.
Era jueves. La madre de la niña se demoraría 10 minutos más de lo habitual y ella la aguardaría comiendo caramelos, paciente. Como todos los jueves, cuando la mujer se liberaba en un hotel mugriento y glorioso y disfrutaba sin complejos de los golpes y los orgasmos que su marido nunca podría regalarle. Dorfer la había seguido, la había espiado y la había deseado. Así, rugiente de placer con cada laceración.
Miró el reloj y celebró la puntualidad de la mujer. Era el último ensayo, dentro de una semana la niña sería suya. El oído casi no le dolía; apenas un ronroneo, casi una picazón. Emilio Dorfer estaba listo para asesinar y apasionado por la novedad: nunca había torturado una nena de nueve años.

4
Chesterton. Un aula repleta. Las clases teóricas aburrían a Dorfer, pero no tenía forma de librarse de ellas. Prefería las prácticas, el cara a cara con esos chicos que soñaban cada noche con James Joyce y remontaban el río Congo de la mano de Joseph Conrad. Chicos sin talento, se repetía. Los despreciaba, aunque nunca se habría animado a humillarlos.
Eligió empezar la clase con el texto de Borges sobre la guerra de Malvinas. Estaba aburrido y el oído le dolía desde la mañana. Era miércoles. Faltaban tan pocas horas...
- Juan López y John Ward. Jorge Luis Borges humanizó la guerra de Malvinas a través de este pequeño relato, pero no vamos a dedicarnos a él. A través de su lectura hay una pequeña clave que nos permitirá llegar a quien realmente nos interesa.
Dorfer enseñaba sin pasión, casi sin elegir las palabras ni enriquecer las ideas. Y aún así era brillante.
- Leelo, por favor-, le ordenó a la muchacha radiante y de escote descomunal que había registrado cuando ingresó al salón. Ella se acomodó los anteojos con el índice, echó una miradita triunfal al auditorio y empezó: “les tocó en suerte una época extraña...”
Dorfer, que había memorizado esas líneas casi al momento de descubrirlas, escudriñaba ojos, expresiones, emociones. “Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras...”
Pensó en su padre. Y en su madre. “Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen”.
Pensó en la niña. “El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender”.
La muchacha terminó y, mientras le devolvía la carpeta, lo miró descaradamente. Dorfer decidió, en ese instante, que ella viviría.
- Quiero que le presten especial atención a un párrafo. Ese segmento que dice “López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward en la ciudad por la que caminó Father Brown”. ¿Alguien sabe de quién está hablando?
Silencio, algún carraspeo. Dorfer estaba por seguir, mecánicamente, cuando vio la mano apuntando al cielo. Era una mano larga, huesuda, proyectada por una campera negra de cuero. Una mano insultante, se dijo. Indigna, se convenció.
- ¿Si?
- Es un personaje de Chesterton. Father Brown. Es un personaje de Chesterton.
A Dorfer no lo sorprendió la respuesta, sí de quién venía. El resto de la clase fue una tortura para él, una sucesión de tropiezos, mientras una aguja se ensañaba con su oído.
Emilio Dorfer, que nunca había matado un hombre, decidió en esos momentos que el novio de su hija conocería el verdadero significado del dolor.

5
Más lluvia. Y frío. La escenografía ideal. Sacó el cuchillo de la guantera, lo miró con deleite y se practicó una pequeña incisión en la yema del anular izquierdo. La sangre correteó dedo abajo, lista para escurrirse rumbo a la palma, cuando Dorfer la capturó con un movimiento preciso, salvaje. Estaba listo.
Le refulgió la mirada cuando detectó las botitas amarillas, otra vez a los saltos. Y se sorprendió al comprobar que a la niña le habían cortado el pelo. No pudo reprimir una sonrisita: él se había afeitado el bigote esa mañana.
Más tarde, en la ducha, maravillado, repasó cada momento. Nunca pensó que sería todo tan sencillo, a punto tal que en algún instante la adrenalina había fluido con menor intensidad que la habitual. El rapto, el golpe magistral, la lona cubriendo a la niña en el piso del coche, las calles desiertas, la casa del barrio. La de sus padres. Sólo él tenía la llave.
Era una de esas construcciones de principios de siglo, la típica casa chorizo con zaguán, recibidor, patios y las habitaciones sucediéndose una tras otra. Dorfer había achicado el comedor y eliminado el balcón señorial para convertirlo en una espaciosa cochera. Arrastrar los cuerpos inertes hasta el cuarto de los gritos ahogados era un ejercicio estimulante. Y cargar a la niña fue un juego.
Cruzó el patio a toda velocidad, evitando de memoria las baldosas flojas. La niña empezaba a moverse. Dorfer echó una ojeada a la cocina. Un enjambre de cucarachas recorría la mesada, se metía por los anafes, bailaba en los zócalos la danza del hambre. Apretó el paso, y mientras sostenía a la niña sobre el hombro derecho sacó el manojo de llaves del espacioso bolsillo del sobretodo. Los nudillos chocaron con el nácar del cuchillo y los latidos se le aceleraron. El candado cedió con un chasquido y, mientras respiraba ese embriagador aroma a encierro, humedad, vidas sesgadas y sufrimiento, colocó suavemente a la niña sobre la vieja mesa de roble.
La chiquita se acomodó sobre el costado derecho. El parietal izquierdo exhibía las huellas del mazazo que Dorfer le había aplicado en el coche. Un hematoma púrpura, de extraña perfección en su circularidad. Dorfer presionó sobre esa sangre acumulada bajo la piel virgen y la niña, todavía inconsciente, se estremeció.
Buscó la cinta para embalajes y rodeó la cabeza de la niña, a la altura de la boca, con fuerza. A Dorfer no le gustaba escuchar súplicas ni quejidos ni razones. No porque fueran a conmoverlo. Pensaba que la condición de cordero era una suerte de regalo divino que no debía mancharse con la torpeza de un ruego. El sacrificio era un acto demasiado sublime como para rebajarlo a través de los lamentos.
Se sentó en la mecedora de su madre. El mimbre crujió. Mientras aguardaba que la niña se despertara, listo para recorrer el cuerpecito vibrante con la hoja del cuchillo de su abuelo, manoteó el libro de tapas duras de la repisa y se sumergió en el universo de Ralph Waldo Emerson. El zumbido en el oído lo acompañaba, pero no lo molestaba.

6
Emilio Dorfer había matado a su esposa un primero de enero a las cuatro de la madrugada. Andrea tenía seis años. La había enterrado bajo las tablas del que había sido su dormitorio. Allí también fueron a parar los despojos de la niña. Lavó con cuidado el plástico con que la había envuelto en el coche y con el que cubrió la mesa de roble. Limpió el piso de la habitación del placer. Puso el cuchillo bajo la rueda de auxilio y se marchó a casa, exultante. A Emilio Dorfer le quedaban dos horas de vida.

7
Cuando salió de la ducha escuchó el portazo. Andrea.
- ¡Pa! ¿Estás?
- Sí, amor. Me estoy cambiando.
- ¿Puede venir Felipe a comer?
- ¿Qué Felipe?
- No seas malo.
- ¿Te contó de la clase de ayer?
- Sí, me dijo que fue el único que sabía una respuesta de...
- ¿De?
- De un escritor.
- De Chesterton.
- Sí, de Chesterton.
- ¿Quién es?
- ¿Sabés que hay en esa pieza? Son libros, Andrea. No hacen nada.
- No empecés.
- Bueno.
- ¿Puede venir o no?
- Puede.
La idea de compartir la mesa con el muchacho le devolvió a Dorfer el malhumor del miércoles. Empezaban a desvanecerse las imágenes del cuchillo volando sobre el vientre de la niña, los ojos del dragón brillando en ese vaivén excitante. Y la puntada en el oído fue atroz.
- Supongo que vas a cocinar.
- Sí, pa. Milanesas. Las compré preparadas, hay que freirlas. ¿O se dice fritarlas?
- Mmmm.
- ¿Me das plata así pedimos un kilo de helado?
- ¿Por lo menos puedo elegir un gusto?
Andrea se le acercó y lo besó en la mejilla. Cerca del oído. Tuvo ganas de descuartizarla.
- Sacá del tarro.
- Te amo.

8
Dorfer abrió la heladera, buscando cerveza, agachándose apenas, y diez segundos después de aferrar la lata ya estaba muerto. La hoja del cuchillo de cocina penetró con sorprendente facilidad en su cuello y lo atravesó por completo. El cuerpo se desplomó y Andrea, los labios húmedos y los ojos encendidos, lo apuñaló siete veces en la cabeza.
La sangre corría por los cerámicos blancos, empapaba las zapatillas de Andrea, le rodeaba las rodillas, caliente, más espesa que nunca. No pudo reprimir el grito liberador, feliz, complacido. Ya no tendría que perder el tiempo jugando a Dios con animalitos ni consumida por las fantasías. Como su padre, tantos años antes, sabía que matar era, más que un destino, la más bella de las obligaciones. Lo que la sorprendía, mientras preparaba con minuciosa e irresistible perfección la escena para adjudicarle el crimen a Felipe, era ese inexplicable dolor que le taladraba el oído derecho.